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Categoría: Fantasías

El chaperón

            Armando era aficionado al bondage, pero a sus dieciocho años no había tenido experiencias con alguien, de preferencia mujer. Su hermana Celeste se enteró de las manías del hermano luego de que a éste lo nombraran chaperón. Resulta que Celeste se hizo novia de Emilio, un tipo apuesto y lujurioso, pero ambos aún eran jóvenes y, según los padres de ella, era conveniente que tuvieran un chaperón.



            Armando fue elegido para el puesto. No le gustó, menos aún a la hermana, que la noche previa a salir con Emilio decidió hablar con Armando para proponerle algo con tal de no tenerlo pisándole los talones. El chico se había aficionado al self bondage, es decir, a atarse a sí mismo, cosa que hacía con cierta dificultad, pero bien; se asesoró con videos de Internet. Usaba cuerdas de nylon y una ballgag que compró en una sex shop. Él se hallaba en hogtie cuando su hermana entró en el cuarto.



            Quién sabe por qué la puerta no tenía llave. Celeste reprimió un grito y Armando, desnudo y bien atado en la cama, comenzó a contorsionarse. Dada la hora, era seguro que los padres dormían. Celeste se apresuró a cerrar la puerta con llave y se aproximó a Armando, que estuvo a punto de soltarse las manos. “A punto” porque Celeste se apresuró a ponerse encima de él y a atárselas como es debido.



            —Conque te gusta estar atado —le dijo—. Muy bien. Guardaré tu secreto y hasta te ayudaré si tú me ayudas.



            Armando, que tenía la verga más parada que nada, supuso que Celeste quería que él no se interpusiera en su relación con Emilio, a cambio de ponerlo en bondage.



            —Una amiga me enseñó a atar —dijo Celeste, mientras afianzaba los nudos de los tobillos—. Sé lo que es poner a alguien en bondage. Te ataré cuantas veces quieras si no rajas con lo que Emilio y yo hagamos. ¿Qué dices?



            Armando no podía decir nada porque estaba amordazado, así que asintió vigorosamente. Celeste rió por lo bajo, contempló el cuerpo desnudo de su hermano y dijo que no estaba tan mal. Las plantas de los pies le parecieron particularmente tersas.



            —Tienes bonitos pies —le dijo, mientras los acariciaba.



            Acto seguido se puso de rodillas tras las piernas dobladas del atado y la emprendió a cosquillas en las plantas. Armando empezó a reír con dificultad, aunque la tortura le encantaba. La forma en que se movía le dio a entender a Celeste que se frotaba el pito con la cama. Sin pudor alguno, ella lo puso de medio lado y elevó una ceja al ver la verga parada.



            —No está tan mal —dijo y empezó a jalarla.



            Armando no podía creer aquello. Creía que soñaba. Nunca antes había sentido tanto amor por su hermanita. Finalmente se vino con abundancia sobre el edredón, al tiempo que Celeste emitía interjecciones y risitas.



            —Buen chico —le dijo, dándole dos nalgaditas—. Te dejaré atado para que disfrutes. Muy temprano vendré a desatarte. ¡Descansa!



            Se fue. Arturo volvió a ponerse bocabajo y se juró que nunca olvidaría ese día.



            En la primera salida, Celeste y Emilio lo hicieron acompañarlos al cine, y luego se fueron a casa del segundo. Celeste ya había hablado con Emilio sobre cómo se desharía de Armando, así que llevó a éste al cuarto de servicio, le ordenó desnudarse y lo puso en hogtie sobre un catre; también le ató los dedos gordos de los pies y le cubrió los ojos con una venda. La solidez de las ataduras le paró de inmediato la verga al atado.



            —Listo —dijo ella al contemplar su obra, y se fue.



            Dos horas después, Armando oyó que se abría la puerta. Era obvio que Celeste no venía sola.



            —¡Ay, cabrón! —dijo Emilio.



            —Así te quiero tener —le dijo Celeste, al tiempo que Armando se retorcía, intentando, inútilmente, liberarse.



            Emilio se dejó convencer y acabó junto al cuñado, atado igual que él, amordazado y con los ojos vendados.



            —Mmmhhh… —hizo Celeste—. Estoy toda mojada. Los tengo atados y a mi merced…



            Les hizo cosquillas en las plantas, los nalgueó, los masturbó. Al final los desató y les dio un masaje para desentumecerlos.



            —Estuvo cabrón —dijo Emilio.



            Armando se quedó callado, pero estaba feliz. Se juraron que seguirían con ese juego tanto como fuera posible.


Datos del Relato
  • Autor: Hogtied
  • Código: 42253
  • Fecha: 21-01-2017
  • Categoría: Fantasías
  • Media: 0
  • Votos: 0
  • Envios: 0
  • Lecturas: 962
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Comentarios


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1 comentarios. Página 1 de 1
invitado
invitado-invitado 09-05-2019 15:20:31

buen relato, felicitaciones


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